Cuando la crisis entra al consultorio

Psicología y sociedad

 

El impacto de la inestabilidad socio-política-económica en la clínica

Por: Juan Pinetta

 


Psicólogos de orientaciones diversas coincidieron en la falta de seguridad a largo plazo y el permanente cambio de reglas como dos factores que inciden en las patologías que se presentan en la clínica diaria, independientemente de las patologías de base. Una sociedad previsible es más saludable, afirmaron, marcando a su vez los peligros que se producen en las generaciones venideras.
 

Los sondeos y la percepción de la realidad nacional en sus ejes económico, político y social apuntan en general a revelar desconfianzas más o menos fluctuantes en cuanto al futuro personal, profesional, económico, no habiendo en general sensación de estabilidad para planificar a largo plazo. Esto parece reflejarse en la clínica, independientemente de cual sea la orientación y más allá del tipo de patología anclada en la realidad.

 

Los números de los sociólogos son claros: el 48% de los encuestados creen que hay “mucha conflictividad social”, 40% “bastante”, 10% “poca” y 0% “ninguna”, con vistas a incrementarse en el 2010 (Mora y Araujo, noviembre 2009). Un 57% cree que viven en zonas inseguras, con mayor sensación de inseguridad en Capital y GBA (TNS Gallup, abril 2009). Un 60% cree que hay corrupción (Poliarquía, octubre 2009). En más o en menos, estos sondeos reflejan una percepción de la realidad que ingresa en los consultorios psicológicos.

 

Más allá de las diferencias teóricas, los doctores Eduardo Keegan (psicólogo cognitivo y docente de UBA y Favaloro), Marcelo Rodríguez Ceberio (psicólogo sistémico y docente de la Universidad Kennedy) y Moty Benyacar (docente, psicoanalista de la APA), coincidieron en sus percepciones, producto de la clínica particular de cada uno, en marcar que los cambios son tan bruscos y tan imprevisibles en el país que es casi imposible generar acciones personales ordenadas con vista a largo plazo.

 

Los tres tienen más de treinta años en el ejercicio de la clínica, ejerciendo la docencia y habiendo publicado varias investigaciones científicas, algunas relacionadas con la influencia del contexto en las patologías psíquicas.

 

Cuestión de estabilidad

 

Teniendo en cuenta que el largo plazo no existe y que “es una construcción mental, un fenómeno psicológico y que tenemos sólo el presente”, dice Keegan, lo cierto es que “desde hace miles de años se trata de construir previsibilidad y cierta tolerancia a la incertidumbre, pero a la vez tratando de generar certidumbre. Todo el impulso de la humanidad apunta en ese sentido, lo que se refleja en la construcción de los Estados de derecho”.

 

Convivir en sociedad demanda “muchísimo esfuerzo. Si empezás a desarmar eso no vas a tener la misma calidad de vida o salud psicológica. Le va a impactar mucho más a las personas vulnerables. Y algunos van a estar más contentos”, subraya.


El psicoanalista Benyacar, quien cuenta con varios trabajos acerca de la incidencia psicológica de los hechos disruptivos (accidentes, catástrofes, atentados y violencia social), señala que la “incertidumbre por sí no es patológica” siendo “una cierta medida de incertidumbre positiva, pero superado determinado monto, como en este contexto donde todo es incierto alrededor, se vuelve patogénica. No hay ninguna pauta que sea clara alrededor. Las cosas cambian permanentemente”.

 

En un sentido más económico, Keegan compara esto con las inversiones económicas. “Con la seguridad en las inversiones pasa exactamente lo mismo. Es uno de los problemas típicos de la Argentina: Puede que lo que pase sea fantástico pero no hay manera de saberlo a ciencia cierta. La seguridad jurídica quiere decir en definitiva, cognitivamente, que tenés la cognición de que lo que va a ocurrir no va a escapar a una cosa previsible. Si un día vas para un lado, al otro todo lo contrario, la percepción que tenés es que no hay nada previsible”.

 

Y agrega que la seguridad, en tanto previsibilidad, es un neto factor psicológico: “El primer factor psicológico es eso. Las otras disciplinas lo toman como si fuera económico, político. La verdad que es un factor psicológico”. Y añade que “la salud mental no es un estado cerebral químico, tiene un contexto, que tiene un peso enorme. En general la gente vive más saludablemente no necesariamente en sociedades más ricas pero si razonablemente ordenadas”.

 

El psicólogo sistémico Marcelo Rodríguez Ceberio, quién pone sobre el tapete la dimensión contextual de la clínica, refiere que un factor capital “es el marco de  referencia con que uno ve a los pacientes. Los sistémicos tomamos el contexto como una gran matriz de significados, que le otorga significado a la acciones. Por eso vemos el contexto del cual proviene el paciente...”. Pero más allá de lo cambiante en los últimos treinta años, “es que lo único estable en este país es la inestabilidad...”.

 

Así, dando una vuelta de tuerca a la habitual característica “pedante” del omnipotente porteño que todo lo puede, sabe y hace, Ceberio explica que en este contexto “los pacientes se ven compelidos a generar multiplicidad de recursos para poder subsistir. Por eso el desarrollo de los argentinos para hacer multiplicidad de cosas; se ven forzados porque no hay previsibilidad, lo que los lleva a hacer de plomero hasta oficinistas. No podés hacer una carrera en un banco. Se genera una multifuncionalidad” que termina siendo patológica.

 

Keegan señala que “la Argentina se caracteriza por el hecho de que no tenés idea de lo que va a pasar. En el ’89 no podías comprar un gramo de queso y un par de años después te vas a Miami. Entonces la oscilación es tan grande que justamente esto dificulta mucho la acción. La acción siempre se hace sobre la base de alguna expectativa sobre el futuro”.

 

Mientras, Moty Benyacar sostiene que, en este sentido, hay que mirar “lo que viene de afuera hacia adentro, hacia lo psíquico. A eso nosotros (el psicoanálisis) lo llamamos lo disruptivo, o sea que hay algo de afuera que impacta en lo psíquico: un accidente, una bomba”. Acá “hay cuestiones disruptivas en forma continua”. Keegan puntúa: “Cierta paz social se correlaciona con cierta paz individual. Es muy difícil tener gran bienestar psicológica en una sociedad que está en un momento muy revulsivo”.

 

Suele compararse la incertidumbre con la sensación de guerra, pero para Keegan es un poco distinto, porque en la guerra “hay una amenaza concreta de vida, bastante tangible”, pero concreta a la vez. Para este, quizás la situación actual tiene algún viso setentista, pero no tanto: “Se parece más al tema del crimen con hechos violentos. Por ahora sería desmedido comparar el nivel de inseguridad con los ‘70. Por lo menos por ahora”.

 

Para el psicoanalista Benyacar “conflictos políticos y sociales en el mundo existieron siempre. Pero las pautas de los conflictos y los bandos eran claros. Una de las características de la Argentina es que si usted piensa quién tiene conflicto con quién le va a ser muy difícil poder ubicarlos. Inclusive las pautas del conflicto no son claras. Acá sólo hay incertidumbre”.

La imprevisibilidad se repite: “Es lo mismo que pasa en zonas amenazadas por el terrorismo en forma permanente. Es distinto a cuando la amenaza es clara, donde uno puede desarrollar defensas psíquicas como físicas” pertinentes. Esto produce angustia frente a un objeto inespecífico, y en lo mismo coincide Ceberio.

 

La expresión clínica

 

Tanto Ceberio, Keegan y Benyacar concuerdan en que el impacto en la clínica depende de lo específico de cada persona en particular. Pero cuando “el tema es difuso y no hay reglas de juego en el afuera, -explica el psicoanalista- a eso lo llamamos ‘ansiedad por disrupción’, que es un nuevo síndrome, en el cual el psiquismo no puede adaptarse a una amenaza permanente en la cual no hay parámetros claros. Entonces hay malestar, lo que puede traducirse en enfermedades somáticas como enfermedades cardíacas”.

 

Si bien es cierto que la crisis genera más consulta siempre, “hoy lo que ves es como un gran deterioro –aporta Keegan, que diferencia el estado social actual de la crisis del 2001-, donde se ve  un franco deterioro, una degradación social, donde empezás a discutir cosas que suponés que ya no discutían más. Hay una sensación de que vivir acá tiene como un plus de sufrimiento de que luchás contra el sistema en vez de que el sistema te ayude a realizar tus objetivos a lo largo de la vida” dice, aclarando quizás un análisis sesgado por el tipo de pacientes que tiene, de nivel medio, medio-alto.

 

En la clínica se percibe una “situación de angustia y de falta de capacidad de ver qué va pasar mañana, pasado o cómo uno se puede proyectar con los hijos, la familia, etc., por un lado”, agrega Benyacar, aclarando que estos son los pacientes que  tienen  tratamiento. Los que no van a un psicólogo o a un psicoanalista y prefieren ir a un médico por diferentes malestares “son los otros. Y no siempre se los puede identificar. La tendencia en estos casos es dar mano a los ansiolíticos por la ansiedad que la gente tiene. Pero no es un tema de ansiedad sino de angustia”.

 

En relación a esto, Ceberio habla del ‘síndrome de la hiperkinesis’, una hiperactividad de diez, doce horas de actividad: “Lo que se observa en la clínica son grandes niveles de estrés” producto de ello. En “en medicina se habla de alostasis, es decir el equilibrio que se observa pese a las condiciones de cambio. Acá el gran problema es que cuando el problema te sobreexige se produce un estado alostático” pero ya en un estado que es de sobrecarga, lo que produce una acentuación de la presencia de “adrenalina y cortisol, resultando en estrés”.

 

Las características del estrés, adecuadas en sus diferentes expresiones a la personalidad del paciente, llevan desde el insomnio a la irritabilidad, de la frustración a la baja autoestima, sensación de inseguridad y aumento de la agresividad, entre otros fenómenos: “El estrés es el resultado de la necesidad del argentino medio a sobreadpatarse en forma permanente a un contexto donde lo inestable sobreexige”, dice Ceberio.

 

Por su parte, Keegan piensa que si bien esto sobrepasa lo psicológico por el nivel de análisis, “lo que sí es cierto es que el contexto social determina mucho qué pasa en el nivel de las manifestaciones clínicas. Por lo menos te moldea mucho las formas, moldea ciertas creencias”. Por ejemplo en relación a la autoridad, donde “uno de los problemas en la Argentina es que la gente comienza a acostumbrarse a cosas raras. Cuando comenzás a naturalizar comportamientos inusuales eso es potencialmente problemático. Cuando hay un cierto deterioro en las funciones de autoridad es bastante problemático”.

 

Keegan sostiene que no hay un aumento de ataque de pánico, pero sí incidencia en trastornos de ansiedad. En realidad, los ataques de pánico son una expresión más del amplio abanico que se incluye dentro de los trastornos de ansiedad: “Lo que pasa es que si tenés una población ansiosa (una de cada seis personas tiene trastornos de ansiedad) acá van a estar más atacados que si los ponés en Suiza, lo que no significa que forzosamente vas a tener más trastornos de ansiedad en la Argentina, lo que es una creencia popular errada”. El trastorno de ansiedad “se produce por un montón de otras cosas. Lo que pasa que si vos tenés un contexto donde todo se quiebra como en el 2001 tenés manifestaciones de ansiedad por todos lados”.

 

Ceberio pone sobre el tapete, como efecto del estrés, a las depresiones, las cardiopatías, y también un aumento de trastornos de pánico inespecífico, con sus consecuentes expresiones somáticas: sudoraciones, desestabilización gastrointestinal: Estos ataques en sus diversas expresiones son un "factor de freno que sirven para frenar esa sensación de omnipotencia de la que se vale el argentino para enfrentarse a las exigencias del contexto”.

 

Benyacar refiere que cuando fue el corralito las enfermedades cardíacas aumentaron un 36% en relación a épocas normales. Hoy, lo que se ve, es una mayor expresión clínica de sensación de “impotencia, desvalimiento, desamparo, que es muy grande, lo que se traduce en la falta de motivación para nuevos objetivos, nuevos emprendimientos. Es una de las cosas muy características que están pasando acá donde la distorsión, el engaño, la mentira, el robo se ve más”.

 

"Es un circuito bravo el que se vive", dice desde su óptica sistémica Ceberio en relación al estrés y la agresividad "…sobre todo violencia en las comunicaciones, lo que lleva a la puesta en marcha de los factores de freno como las cardiopatías y los ataques de pánico”. Todo esto deja secuelas, dado que en los trastornos de ansiedad hay una forma de metabolizar la angustia, que puede también traducirse bronca y rabia, con el agravante de que esto se “transforma en la actuación (conocido como acting out y en un nivel sin posibilidad de trámite simbólico, el pasaje al acto) que puede ser heteroagresión (hacia el prójimo o cosas) y la autogresión, que es más grave, pues implica enfermedades autoinmunes como la vitiligo, el colon irritable y otras presentaciones.”.
 


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El impacto padres-hijos

 

País de externalizadores y aventureros

 

Desde Freud hasta hoy, no hay teórico de la psicología, sea cual sea la escuela, que no mencione la cuestión de la presencia física y psíquica de los padres como factores ineludibles para el desarrollo físico, emocional y cognitivo de los niños.

 

El psicoanalista Moty Benyacar coincide, aunque prefiere cierta cautela: “Hay una tendencia a psicologizar demasiado diciendo que esta situación se va a transmitir de generación en generación. Pero me parece que la problemática es más compleja, con un componente económico, otro político, cultural”.

 

Marcelo Ceberio señala que en un contexto donde “los padres trabajan tantas horas fuera y las madres también, se produce una comunicación disfuncional que involucra vinculación y parentalidad. No es el poco tiempo presencial –aclara- sino la poca calidad de la presencia de los padres”.

 

En este sentido, se han generado agujeros en la comunicación padres-hijo, que es de “muy mala calidad. Muchos padres de clase media más o menos pudientes cubren esos agujeros estableciendo beneficios económicos generando en los hijos poca noción del valor del dinero... Le dan el pescado y no le da la caña de pescar... Resulta mucho más sencillo hacer esto”.

 

A nivel genérico, explica, “estos chicos después terminan estando solos, y esto se engancha mucho con el alcohol y la droga... Porque la comunicación, la gran ausente, al fin y al cabo es afecto. Es nutrición emocional”.

 

Keegan coincide en que la ausencia de los padres “puede potencialmente  tener consecuencias negativas, pero no forzosamente. Porque en la psicología no es lo que pasa sino cómo se lidia con el tema. Primero que la Argentina tiene una larga experiencia en inestabilidad porque no es de ahora, sino de décadas. Está acostumbrada a los comportamientos raros en la economía… Si tenés una familia muy apremiada, con ansiedad, es muy probable que ese entorno genere un modelado de preocupación”.

 

La cuestión de la responsabilidad individual se juega en la cuestión política. Ceberio sostiene que “vivimos en un contexto externalizador. Decimos que este es el país que nos toca vivir en vez de decir que es el que generamos. Hay una combinatoria de negación y omnipotencia”, dos mecanismos de defensa que consisten en negar aspectos de la realidad que nos involucran y en imaginarnos con una sensación de gran poder que nos lleva a pensar que podemos resolver todo casi mágicamente (un modo de pensar infantil).

 

Ceberio dice que “no debemos engancharnos en cuestiones dialécticas lineales causa-efecto. Acá es una cuestión de sinergia, hay que ver el todo interrelacionado, ver que una parte depende del todo y a la inversa, de las subjetividades. Hay una implicancia política determinante. Uno no puede pensar en una persona si no piensa en economía, política, estratos culturales. No se puede explicar un fenómeno desde un sólo enfoque. La violencia no puede entenderse sólo desde una visión simplista económica, cultural, social. Es un todo en sinergia que produce los fenómenos individuales”.

 

Independientemente de la clínica, para Keegan, “las personas como los audaces, los que no tienen representación del futuro, en este escenario no tienen ningún problema. Por ejemplo las personalidades audaces, astutas, poco escrupulosas en general no tienen una gran capacidad de representarse el futuro. Hay gente que en este contexto se siente fantástico y si las llevás a vivir a Alemania no soportan ni cinco minutos. Y hay otras personas que patológicamente necesitan niveles de seguridad altísimos”.

 

Según la personalidad de base el contexto “va a impactar distinto. Lamentablemente la sociedad Argentina, como toda sociedad caótica, es ideal para los aventureros. Vas a tener inversión aventurera, golondrina…”.

 

Otros, los no aventureros, “van a apelar más a lo cortoplacista, a lo mágico, a la evitación, como no mirar la tele, no leer los diarios, el desapego, el desinterés, hay mucha gente que se aparta de la política en la Argentina”, culmina el psicólogo cognitivo.

 

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